Entre zombies de plástico y pistolas de cartón,
en duelo batí aquella madrugada,
donde el único forastero ataviado de interrogación,
me disparó con balas de libido envenenadas.
¡Ay! Conde de mis pecados,
tus labios tenían la pócima de no olvidar;
¡ay! Silfo de ojos aniñados,
tu voz, un ungüento para anhelos provocar.
Te besé, te acaricié, te deseé;
con placer me equivocaría otra vez,
con inclinación al tártaro volvería a descender,
con afán robaría lo que mío pudo ser y no fue.
Subsisto en forma de suspiro errante,
a la manera de un faro que no enfoca,
a la espera de que nuevos tiempos,
me lleven a la orilla de tu boca.
Mª Carmen Valenzuela Marín