Rómpeme el alma afligida
que en mil pedazos pende,
al oírte hablar de otras
como si el loto sagrado fuesen.
Clávame un arsenal de
por cada flor sembrada en tu vida,
que no hay peor ardor
que los celos de una mujer sentida.
Hiéreme como novillero a su toro
al derramar tus labios
el nombre de una rosa ya marchita,
pero que muerde, desgarra y duele.
Abrásanme tus palabras
como un ferrete inofensivo,
cuyo fuego cala hondo, raudo
en mi corazón cautivo.
Mª Carmen Valenzuela Marín
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