Otra vez. Oscuridad. Pánico.
Inmovilidad…
Me encontraba boca arriba en la
cama sudando un miedo tan frío y mórbido que cada gota semejaba a un tajo de herida
abierto. Me hallaba sometida a un cuerpo dominado a la voluntad del Diablo.
Mis manos, mis piernas, mi busto;
todo paralizado. A duras penas solo podía abrir los ojos, que me resultaban
cortinas de plomo.
Todo estaba en su lugar: el escritorio,
la mesilla, la estantería, el tocadiscos,… ¿Soñaba? No, no soñaba. La tenebrosidad
devoraba a desenfrenados mordiscos la menguada luminosidad del dormitorio,
mientras yo era capaz de olisquear la presencia del Mal justo delante de mí.
La puerta se adivinada entornada,
tal y como la dejé, para paulatinamente apreciar un nimbo de sombra penetrando
al son de un inquietante tintineo de cascabel. Aquella sombra me observaba, sabía
perfectamente que se había apoderado de un cuerpo, ahora ajeno a mí. Sus
cadenas se tornan más fuertes cuanto más incremente tu terror, se alimentan del
pavor humano. El hombre cree de sí mismo ser la raza superior, hasta que se le
presenta un sujeto de vida más poderoso que él; entonces, desespera hasta la demencia.
Mi intento de gritar se vio
frustrado. También había engullido mi voz, solo podía articular inútilmente
unos labios mudos, en los cuales se fraguaba un intenso sabor a sangre.
En la habitación solo se oía mi
corazón bombeando descontrolado ante el escalofriante aliento de la muerte y
aquel cascabel cuyo soniquete parecía arrastrar un lamento escapado del
infierno.
Permanecí en ese estado que
levita entre lo no vivo y lo no muerto por espacio de horas, si es que el
tiempo no se transforma en noción absurda en el más profundo desatino.
Creí que la calma comenzaba a
acariciarte sutilmente cuando muy poco a poco, las sábanas se deslizaban destapándome
cuello, pecho, caderas, rodillas, hasta llegar a los pies. Se desató una brisa
tan gélida como el pánico que me envolvía. Entonces fue cuando algo tiró de mi
pierna, abrasándome hasta el último nervio. Comprobando la incapacidad en la
que estaba inmersa, me desmayé; si me aguardaba la muerte al otro lado, ya había
firmado mi parte de rendición.
Abrí los ojos, esta vez con menos
esfuerzo que la anterior. El sabor a sangre continuaba en mi boca, y mis extremidades
inmóviles. Tinieblas. Todo seguía igual. Con una particularidad: sobre mí sentía
el peso de un extraño. A modo de tortura experimentaba como iba asfixiándome,
aquel peso me iba a atravesar. Me armé de valor para agitar aunque solo fuera
un miembro, pero una voz parecida a un quejido espetó en un susurro: “No te
muevas”. La cama empezó a temblar, no sabía cuánto más podría soportar sin
desquiciarme. Al cabo de diez, quince, treinta minutos, horas, ¿quién sabe? Aquel
peso se desvanecía a la vez que yo me abandonaba a un abismo del que no conocía
si iba a despertar tan solo una vez más.
Quince días después…
-
¡Que alguien llame a una ambulancia!
-
Menuda tajada lleva la chica.
-
No parece que esté borracha.
-
No sé, pero tiene unas ojeras de cojones.
-
¡Seguro que se droga!
-
Sí, sí… Desde luego, esta juventud no sabe lo hace. ¡Están
todos locos! Así no se puede ir por la vida.
-
Vamos a sacarla del coche, está provocando un atasco pa´
sus muertos.
-
¿Qué hacemos con su coche?
-
Pss… lo aparcamos ahí mismo, de momento vamos a sacarla
y a esperar que llegue la ambulancia.
Dos meses después…
-
¿Qué quieren de mí? ¡Necesito saberlo! ¡Necesito saber
qué coño me pasa!- grité al doctor, perturbada.
-
No quieren nada de ti porque no existen. Nuestros
sentidos nos engañan hasta límites insospechados. Son alucinaciones, nada más.
En tu caso, estás sana, no padeces enfermedades, por lo que la causa puede
radicar en el estrés, ¿estás preocupada por trabajo, asuntos personales?
-
¿Y si no es así, doctor? ¿Y si simplemente yo puedo
presenciar voces, entes, sensaciones que nadie más puede percibir?
-
Porque no eres la única. Se han dado más casos. De
momento, voy a recetarte algo que puede ayudarse, no será prolongado.
Seis meses después…
-
Adelante. Mucho gusto- el nuevo doctor se levantó para
estrecharme la mano.- he leído su diagnóstico. Ya verá que encontramos solución.
No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, mujer- rio. Por lo que
me ha comentado estaba descontenta con un doctor anterior a mí. ¿Puedo saber de
quién se trata? En psiquiatría tenemos unos grades profesionales, no sé qué
pudo haberle ocurrido…
-
Doctor Vidal. Su propósito más que ayudarme era
intoxicarme a pastillas y medicamentos.
-
¿El doctor Vidal? Vaya… A su favor he de decir que es
el único capaz de llevar con éxito su caso adelante.
-
¿Perdone? Le acabo de contar que su única solución era…
-
¡Lo sé! La he oído bien. Mi sorpresa se debe a que hace
diez años fue paciente mío. Pasó por lo mismo que usted, se le diagnosticó parálisis
del sueño y… bueno… superó la demencia y se especializó en este campo. Ha
ayudado a muchas personas.
El mismo día horas después…
-
¿Por qué no me lo dijo antes?- vociferé en la consulta
del doctor Vidal.
Una enfermera entró rogando al
doctor que la disculpara justificando que le fue imposible pararme los pies
para evitar la falta de decoro.
-
Está bien, no te preocupes, déjanos a solas.
-
¿Por qué no me lo dijo? ¡Usted lo sabe! ¡Lo sabe y lo
ha padecido igual que yo! ¡Por qué me dijo que no existen!- lo agarré por el
cuello de la bata, pálido logró que me sentara a escucharlo.
-
¡Usted lo superó! ¡Ayúdeme a mí también y déjese de fármacos!
-
Querida… esto no se supera. Se aprende a convivir con
ellos. Investigué día y noche con la esperanza de encontrar una solución a mi
problema, concluyendo de que más allá de lo que vemos se oculta una verdad
demasiado grande y poderosa que las personas no serían capaces de soportar. La
gente quiere pastillas, quieren autoengañarse, maquillar ese sufrimiento para
sobrellevarlo de alguna manera. Ellos están ahí. Nosotros estamos aquí. Hay que
convivir. Ellos se alimentan del miedo, pero si lo controlas solo serán sombras
errantes que verás pasar. Nada más.
-
¿Y si no? ¿Y si no me acostumbro?
-
Entonces te llamarán loca. Los cobardes suelen
enmascarar sus miedos tras una barrera desde donde llaman locos a otros, a
pesar de que puedan sentirse igual que tú. La diferencia en que tú acabas en un
psiquiátrico; y ellos presos de sus pánicos e imbecilidad.
Fuente: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/56/John_Henry_Fuseli_-_The_Nightmare.JPG
[Consulta: 30 de octubre de 2014].
Mª Carmen Valenzuela Marín
