jueves, 30 de octubre de 2014

Historia de terror

Otra vez. Oscuridad. Pánico. Inmovilidad…

Me encontraba boca arriba en la cama sudando un miedo tan frío y mórbido que cada gota semejaba a un tajo de herida abierto. Me hallaba sometida a un cuerpo dominado a la voluntad del Diablo.
Mis manos, mis piernas, mi busto; todo paralizado. A duras penas solo podía abrir los ojos, que me resultaban cortinas de plomo.

Todo estaba en su lugar: el escritorio, la mesilla, la estantería, el tocadiscos,… ¿Soñaba? No, no soñaba. La tenebrosidad devoraba a desenfrenados mordiscos la menguada luminosidad del dormitorio, mientras yo era capaz de olisquear la presencia del Mal justo delante de mí.

La puerta se adivinada entornada, tal y como la dejé, para paulatinamente apreciar un nimbo de sombra penetrando al son de un inquietante tintineo de cascabel. Aquella sombra me observaba, sabía perfectamente que se había apoderado de un cuerpo, ahora ajeno a mí. Sus cadenas se tornan más fuertes cuanto más incremente tu terror, se alimentan del pavor humano. El hombre cree de sí mismo ser la raza superior, hasta que se le presenta un sujeto de vida más poderoso que él; entonces, desespera hasta la demencia.

Mi intento de gritar se vio frustrado. También había engullido mi voz, solo podía articular inútilmente unos labios mudos, en los cuales se fraguaba un intenso sabor a sangre.

En la habitación solo se oía mi corazón bombeando descontrolado ante el escalofriante aliento de la muerte y aquel cascabel cuyo soniquete parecía arrastrar un lamento escapado del infierno.

Permanecí en ese estado que levita entre lo no vivo y lo no muerto por espacio de horas, si es que el tiempo no se transforma en noción absurda en el más profundo desatino.
Creí que la calma comenzaba a acariciarte sutilmente cuando muy poco a poco, las sábanas se deslizaban destapándome cuello, pecho, caderas, rodillas, hasta llegar a los pies. Se desató una brisa tan gélida como el pánico que me envolvía. Entonces fue cuando algo tiró de mi pierna, abrasándome hasta el último nervio. Comprobando la incapacidad en la que estaba inmersa, me desmayé; si me aguardaba la muerte al otro lado, ya había firmado mi parte de rendición.

Abrí los ojos, esta vez con menos esfuerzo que la anterior. El sabor a sangre continuaba en mi boca, y mis extremidades inmóviles. Tinieblas. Todo seguía igual. Con una particularidad: sobre mí sentía el peso de un extraño. A modo de tortura experimentaba como iba asfixiándome, aquel peso me iba a atravesar. Me armé de valor para agitar aunque solo fuera un miembro, pero una voz parecida a un quejido espetó en un susurro: “No te muevas”. La cama empezó a temblar, no sabía cuánto más podría soportar sin desquiciarme. Al cabo de diez, quince, treinta minutos, horas, ¿quién sabe? Aquel peso se desvanecía a la vez que yo me abandonaba a un abismo del que no conocía si iba a despertar tan solo una vez más.

Quince días después…

-         ¡Que alguien llame a una ambulancia!
-         Menuda tajada lleva la chica.
-         No parece que esté borracha.
-         No sé, pero tiene unas ojeras de cojones.
-         ¡Seguro que se droga!
-         Sí, sí… Desde luego, esta juventud no sabe lo hace. ¡Están todos locos! Así no se puede ir por la vida.
-         Vamos a sacarla del coche, está provocando un atasco pa´ sus muertos.
-         ¿Qué hacemos con su coche?
-         Pss… lo aparcamos ahí mismo, de momento vamos a sacarla y a esperar que llegue la ambulancia.


Dos meses después…


-         ¿Qué quieren de mí? ¡Necesito saberlo! ¡Necesito saber qué coño me pasa!- grité al doctor, perturbada.
-         No quieren nada de ti porque no existen. Nuestros sentidos nos engañan hasta límites insospechados. Son alucinaciones, nada más. En tu caso, estás sana, no padeces enfermedades, por lo que la causa puede radicar en el estrés, ¿estás preocupada por trabajo, asuntos personales?
-         ¿Y si no es así, doctor? ¿Y si simplemente yo puedo presenciar voces, entes, sensaciones que nadie más puede percibir?
-         Porque no eres la única. Se han dado más casos. De momento, voy a recetarte algo que puede ayudarse, no será prolongado.


Seis meses después…


-         Adelante. Mucho gusto- el nuevo doctor se levantó para estrecharme la mano.- he leído su diagnóstico. Ya verá que encontramos solución. No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, mujer- rio. Por lo que me ha comentado estaba descontenta con un doctor anterior a mí. ¿Puedo saber de quién se trata? En psiquiatría tenemos unos grades profesionales, no sé qué pudo haberle ocurrido…
-         Doctor Vidal. Su propósito más que ayudarme era intoxicarme a pastillas y medicamentos.
-         ¿El doctor Vidal? Vaya… A su favor he de decir que es el único capaz de llevar con éxito su caso adelante.
-         ¿Perdone? Le acabo de contar que su única solución era…
-         ¡Lo sé! La he oído bien. Mi sorpresa se debe a que hace diez años fue paciente mío. Pasó por lo mismo que usted, se le diagnosticó parálisis del sueño y… bueno… superó la demencia y se especializó en este campo. Ha ayudado a muchas personas.

El mismo día horas después…


-         ¿Por qué no me lo dijo antes?- vociferé en la consulta del doctor Vidal.

Una enfermera entró rogando al doctor que la disculpara justificando que le fue imposible pararme los pies para evitar la falta de decoro.

-         Está bien, no te preocupes, déjanos a solas.
-         ¿Por qué no me lo dijo? ¡Usted lo sabe! ¡Lo sabe y lo ha padecido igual que yo! ¡Por qué me dijo que no existen!- lo agarré por el cuello de la bata, pálido logró que me sentara a escucharlo.
-         ¡Usted lo superó! ¡Ayúdeme a mí también y déjese de fármacos!
-         Querida… esto no se supera. Se aprende a convivir con ellos. Investigué día y noche con la esperanza de encontrar una solución a mi problema, concluyendo de que más allá de lo que vemos se oculta una verdad demasiado grande y poderosa que las personas no serían capaces de soportar. La gente quiere pastillas, quieren autoengañarse, maquillar ese sufrimiento para sobrellevarlo de alguna manera. Ellos están ahí. Nosotros estamos aquí. Hay que convivir. Ellos se alimentan del miedo, pero si lo controlas solo serán sombras errantes que verás pasar. Nada más.
-         ¿Y si no? ¿Y si no me acostumbro?

-         Entonces te llamarán loca. Los cobardes suelen enmascarar sus miedos tras una barrera desde donde llaman locos a otros, a pesar de que puedan sentirse igual que tú. La diferencia en que tú acabas en un psiquiátrico; y ellos presos de sus pánicos e imbecilidad.





Mª Carmen Valenzuela Marín

sábado, 25 de octubre de 2014

¿Dónde están los Romeos?

En la ruleta rusa del querer
una bala afanosa le aguarda en el tambor
a quien reniega hacer mutis
cuando se besan las cortinas del telón.

Tarea ardua, resurgir de las cenizas;
seguir de pie, postrarse ante el dolor;
inmolarse, el exilio de tu piel;
persistir amando, calcinar el corazón.

Que el amor tan solo es una burla del destino,
un cómico mudo como Charlot,
que los Garcilasos son de plastilina,
que ninguno nace ni muere por vos.

Mª Carmen Valenzuela Marín

Un buen palo nos espabila a todos

Tengo el corazón abollado
y un chinchón en el alma,
del palo que me has dado
ha temblado hasta La Alhambra.
Porque el amar no descansa en tu diccionario,
y ese “por ahora” fue una daga al corazón,
un “para siempre” disfrazado de ilusión,
un “nunca” muerto en el calendario.
Porque me arriesgué a quererte
sin leer el manual de cómo desquererte,
ayer tuve un siniestro con el amor,
ayer volví a caer en el maltrecho arrebol.

Mª Carmen Valenzuela Marín


Los kens para las barbies, yo quiero un hombre

Maestro de la seducción,
de corazón polígamo y amor de garrafón.
Experto en envenenar los sueños
de quien te quiere con y sin SsangYong.
Licenciado en anatomía,
ignorante en asuntos de compasión.
Señorito de cantimpalo,
que hace galas de amar con efecto de neón.
Cazador de golondrinas,
caballero sin vocación.
Traficante de promesas,
el amante traidor de un culebrón.
Forense que precintó
mi alma cerrada por defunción.


Mª Carmen Valenzuela Marín

Porque para echar de menos hace falta ausentarse

Yo hablo con el silencio;
tú, con la mirada.
Mis labios sabor amargura,
tu voz color cuchillada.

Te echaré de menos en mis ausencias,
y cuando vuelva,
quién sabe si volveré,
puede que me vaya otra vez.

Porque soy una gata sin remedio,
que siempre se va por los tejados,
que se marcha sin hacer ruido,
que regresa como se ha marchado.

Te echaré de menos en mis ausencias,
y cuando vuelva,
quién sabe si volveré,
puede que me vaya otra vez.

Y extrañaré tus besos de humo,
cuando mis penas se multipliquen al cuadrado;
veré si el viento me desinfecta
los reveses del pasado.

Mª Carmen Valenzuela Marín

En una noche entumecida del ayer...

Ayer desperté con el sabor amargo
de quien sabe que ha pisado la línea del fracaso,
desayuné una copa de tóxico letargo,
comenzaba así el destino payaso.

¿Y qué puedo hacer
si la luna tiñe el mar de rojo,
si las telarañas al amanecer,
zurcen mi conciencia hecha despojo?

Colocando puntos finales
se reabrieron capítulos rebelados,
venciendo comas criminales
de episodios que no habían terminado.

¿Y qué puedo hacer
si la luna tiñe el mar de rojo,
si las telarañas al amanecer,
zurcen mi conciencia hecha despojo?

¿Y quién escribió el guión de mi vida?
un loco que ni pudo ni tuvo agallas para continuar,
un intrépido arquitecto de avenidas,
que las aceras no supo cercenar.

Mª Carmen Valenzuela Marín


Para él, un ave de paso

¿Dónde quedaron los besos del verano?
Se fundieron ofuscados al compás del deshielo,
el sol se desarmó como un juguete de mecano,
ahora mis recuerdos son brumas de anhelo.

¿Dónde arrojaste la llave de mi alma?
En algún vertedero de ciudad desamor,
donde lo que se pierde no regresa a la alborada,
donde el más valiente muere de un mortal al corazón.

¿Dónde aparcaste tus satiriasicos sentimientos?
me tapiaron el parking y sin frenos voy,
camino de la autopista bienvenido al desaliento,
infierno a pensión completa ayer, mañana y hoy.

¿Dónde sepultamos al gato y al ratón?
lo nuestro concluyó como el rosario de la aurora,
cada uno por su lado y la franqueza enchironada en el arcón,
¡en la que te dejé marchar maldita sea la hora!

Y dime, ¿qué pasó?
¿Cómo pudimos podar las flores que vimos crecer?
Las palabras, las caricias, el color: todo voló;
quiero creer que fue la lluvia quien se lo llevó.

Mª Carmen Valenzuela Marín

Que no enmascaren lo que somos, que no nos impongan lo que no seremos nunca

¿Para qué callar?
¿Para qué maquillar el amor de convenciones?
¿Para qué revestir los sueños con parches de vergüenza?
¿Para qué aprisionar la pasión en el portaaviones?

Qué más da los murmullos envenenados,
no entienden lo que es vivir para vivir;
qué más da si nos lanzan dardos infectados,
están borrachos de cordura febril.

¿Para qué disfrazarte de un desconocido?
¿Para qué permitir que nos taladren las ilusiones?
¿Para qué remendar besos si ya no sientes lo mismo?
¿Para qué tolerar que te marquen tus direcciones?

Qué más da la falsa moral de una sociedad basura,
enfermaron de envidia al no poder volar más alto;
no consientas que te subasten el destino,
no autorices la tala de las alas de tus pies.


Mª Carmen Valenzuela Marín

viernes, 24 de octubre de 2014

Un trocito de mi blog anterior

Voy a estrenarme con el último relato que escribí publicado en mi blog anterior, fruto de un pasado que he de renovar. Primero, porque considero que he llegado a una fase de mi vida en la que he adquirido nuevos conocimientos de escritura y adoptado nuevas técnicas; y segundo, porque esto va a ser el principio de una prometedora etapa a nivel personal. Este relato titulado " Palabras perdidas de un diario civil" es al que guardo mayor cariño. Quizá porque somos lo que escribimos, y dejamos más rastro de nosotros en algunos escritos que en otros.

Palabras perdidas de un diario civil

<< Aún sigo soñando con volver a reencontrarme con aquellos ojos grises que desamparé entre sombras y dinamita, entre el dolor y espectros de sueños quebrados. El recuerdo de aquel día polvoriento y mancillado de ausencias lejanas martillea mi conciencia en un ritual macabro henchido de remordimientos punzantes. Toda guerra deja su huella marcada para siempre. Tal vez el abandono de un hijo será la cicatriz que nunca sanará en mi corazón. Pero ni siquiera la guerra consigue mitigar la esperanza cuando de verdad se desea con el alma >>.

Octubre de 1939



Alborecía una mañana plañidera en enero de 1937. El cielo, encapotado como una sábana enlutada, ocultaba las calles en un amasijo de melancolía y soledad. Comenzó una llovizna tan suave como el silencio que albergaba las plazas y avenidas. Las nubes avanzaban paulatinamente hacia el este, como si con ellas arrastraran el terrible peso de la vida. Una bandada de ruiseñores coronaba aquel aire espeso y abrumador. La tierra estaba impregnada de un asfixiante hedor a muerte y a pólvora.

Amalia se encontraba desmayada en el suelo al recibir un fuerte impacto de una viga que se había desprendido como consecuencia del derrumbe del piso que se produjo al estallar una bomba.
El destello de luz polvoriento de una nueva ensordecedora explosión hizo que recobrara conciencia de donde estaba y qué ocurría. Corrió escaleras a bajo acompañada de lágrimas que le enturbiaban la visión y la dificultad de sortear toda clase de muebles resquebrajados que se interponían en su camino.

La afirmación de la casualidad no es más que negar la lógica de las experiencias que nos brinda la vida, aunque en ocasiones nunca lleguemos a comprenderlas.
Nunca entendió porqué el destino le otorgó la desalentada imagen de presenciar una bala atravesando el pecho de su marido en el bastidor de su casa. Mientras se deslizaba moribundo dejando un surco de sangre en la pared, le lanzó una mirada de despedida y antes de que la agonía pudiera enmudecerlo susurró: <<llévatelo… >>.
Presa del pánico obedeció. Cogió al pequeño Miguel, y lo envolvió en una manta áspera de cuando su padre ejercía la milicia. Una manta marrón como el color de una España marchita.
Antes de salir acarició los labios de su difunto marido por última vez y de nuevo retumbó en sus oídos: <<llévatelo>>.

Al salir de aquel fárrago en que se había convertido el hogar de su familia ya no tenía lugar en un mundo tan sórdido como en el de aquellos años de penuria.
Ya en la calle, una burbuja arenosa enfundó la trémula silueta de ambos. Gritos espeluznantes, llantos desgarradores, cuerpos sin alma mutilados por doquier, sangre, disparos, bombardeos… ¿Qué podía hacer una mujer sola con un bebé en medio de una patria perdida y en guerra? Advirtió que pronto morirían los dos si no hacía algo, ¿pero qué?
El convento del pueblo había ardido en llamas hacía un par de días y el hospital se había transformado en un santuario de fantasmas que no veían la hora de que la muerte les proporcionara la paz que tanto ansiaban, lejos del verdugo apocalíptico.
La desesperación apremiaba encontrar soluciones raudas, así que pronto emergió la idea de abandonarlo en un camión militar que se hallaba a escasos metros. En los brazos de su madre el bebé auspiciaba una muerte segura. Así que procedió a la acción.

Mientras los civiles despojaban a las gentes de sus casas a balazos y patadas aprovechó para dejar a su hijo en la parte trasera del auto militar. Se despidió con un beso en la frente. Las lágrimas de Amalia recorrieron las mejillas macilentas del niño. La miró como si comprendiera la tesitura en las que ambos estaban involucrados.
Avistó que los guardias se acercaban hacia ellos y con el alma hecha jiras de dolor se esfumó de allí entre nubes de polvo y desolación.

Cinco años después (1942)…

-         ¡Extra, extra! Vamos señores, que se me van de las manos. ¡Extra, extra! Una nueva guerra se desata en Europa- anunciaba el voceador.

Los periódicos volaron de las pequeñas manos que sujetaban toda aquella  pila de páginas impresas que divulgaban el advenimiento de más infortunios.

La Guerra Civil había arrasado con las vidas e ilusiones de un país que se encontraba sumido en franca decadencia, a la sombra de una nueva guerra que afloraría presurosa en Europa.

Desde hacía tres años Amalia residía en Las Palomas, una pequeña pensión cuyo negocio pasó a manos de Isabelita, una mujer que enviudó cuatro años atrás, cuando la benemérita destapó los turbios tejemanejes de su esposo, implicado en el tráfico de vinos y de falsa documentación de identidad.

Durante dos años había sido un espíritu ambulante. Bailaba en las plazas para ganarse unas pesetas con las que poder comer y cobijarse en algún lugar seguro, hasta que un día Isabelita la encontró tirada cerca de la pensión con las ropas raídas y un par de arañados en las piernas. La compasión que despertó Amalia sumada a la bondad de la dueña de la pensión sería el comienzo de una gran amistad.
La pensión estaba constituida por despojos humanos a los cuales la guerra les había robado a sus maridos, mujeres, hijos, nietos, sobrinos… y lo único que les quedaba eran ellos mismos, la memoria de los que ya no estaban y la pequeña familia que conformaron entre los vecinos de Las Palomas.

-         La mayor parte de una persona se compone de recuerdos y no de agua como dicen- dijo Isabelita al ver que Amalia se encontraba apoyada en el mostrador de la pensión con la mirada perdida. No sabría decir si fumaba el cigarro que sostenía entre sus menudos dedos o si era el cigarro quien se consumía a ella, ajena al exterior.

Amalia le correspondió con una sonrisa muda.

-         Me han hecho una proposición.
-         ¿De qué hablas?
-         Marcial, el del bar… Me ha prometido que a cambio de una noche me ayudará a encontrar noticias sobre Miguel. Tiene un par de amigos civiles que…
-         ¡Calla, calla!
-         Necesito saber de mi hijo…
-         Allá tú, chica. Pero si luego te paga con engaños a mí no me vengas.
-         Además, también me dará unos cuantos cuartos para poder pagarte el alojamiento.
-         ¡Ay, chica, de verdad! Soy tu amiga, conmigo no hace falta…
-         Por eso que eres mi amiga necesito que me apoyes, por favor.

Isabelita la miró con reprobación para luego darle un abrazo.

- Está bien, pero ándate con ojo- dijo al fin. Amalia la besó en sus pómulos morenos, señal de una dura infancia trabajando en el campo.

                                                       ***

<< Todos decimos de este agua no beberé, hasta que te topas con la desesperación en una esquina. Entonces, tus principios se desmoronan como la espuma del mar cuando perece en la orilla>>, se dijo Amalia una vez pulsó el timbre de la casa de Marcial.

El dueño del bar la saludó con una sonrisa ladina y la invitó a pasar ofreciéndole una copa de brandy. La aceptó y se la bebió de un solo trago con la esperanza de poner fin al tembleque de piernas.
Mientras Marcial la conducía hasta su dormitorio, su mirada paseaba por una estancia condecorada con medallas, vestuario y diplomas militares. Una vez en la habitación Amalia inspiró aire, cerró los ojos y entró.

La alcoba era húmeda y fervorosa, todo un repertorio santoral repleto de crucifijos e imágenes de santos. Sintió un leve escalofrío cuando le rodeó la cintura con sus brazos, empujándola hacia el lecho.
Quiso volverse para despojarse de su vestido, pero él la sorprendió con un suave mordisco en los labios para lentamente tenderla en la cama.
Amalia se incorporó para desabotonarle la camisa con un desfile de besos que recorrió su pecho ardiente de deseo.
Él se abalanzó sobre Amalia oprimiendo delicadamente los excitados senos que se adivinaban por el escote del vestido, gimiendo al contacto de los dedos de Marcial acariciando su entrepierna.
Segundo a segundo, la falta de ropa iba descubriendo los cuerpos de ambos enredados en las sábanas rojas aterciopeladas.
Ella lo montó de un salto y, con ojos chispeantes de arrepentimiento y fogosidad, comenzó a cabalgarlo por espacio de una hora. Cada una de las embestidas que le proporcionaba era un rayo más de esperanza. Los alaridos de placer acallaron las lágrimas que pateaban su alma clamando libertad. Poco a poco, la calma envolvía aquellos dos cuerpos sudorosos, una vez él había alcanzado la culminación.

Marcial se incorporó de lado para acariciarle las mejillas, aún con el brillo de excitación rezumando en sus ojos marrones intensos.

Cogió su cartera de la mesilla de noche y le tendió un billete de mil pesetas; luego, salió de la habitación.
Amalia se vio reflejada en el espejo de un armario. Reconoció a una extraña de apenas treinta años, más demacrada que el día anterior y con ojeras, a la que la guerra le había robado la juventud, el alma y la ilusión. Siempre fue una anciana disfrazada de joven. El hambre, las enfermedades, la miseria y el deseo de un futuro mejor fueron sus únicos acompañantes durante aquellos años.
Rápidamente, agarró su indumentaria, el billete y se vistió al escuchar que unos puños llamaban a la puerta de entrada. Pensó que podría tratarse de un familiar de Marcial, pero la realidad fue muy diferente. Dos disparos hicieron sobresaltarse a Amalia, que permaneció escondida bajo la cama durante diez minutos hasta que reunió el valor suficiente para salir de la habitación. La puerta de la casa estaba abierta, y en el suelo del salón yacía Marcial con dos perforaciones en la cabeza, de la que fluía un manantial de sangre que alcanzó sus pies temblorosos y fríos como el mármol.

Al cabo de unos días supo que la muerte de Marcial se debió a la osadía de sublevarse cuando ejercía de militar años atrás. Era un número más de tantas personas que integraban la lista negra de individuos a exterminar.
La única persona que podía ayudarla ya no existía. En aquel momento recordó unas palabras que su abuelo le dijo cuando era una niña: <<Cuando todo en la vida se torne sufrimiento tienes el derecho a caerte cuantas veces haga falta, pero no olvides que a cambio tienes la obligación de luchar>>.

                                                       ***

Quince años después (1957)…

<<En ocasiones me pregunto de dónde saco fuerzas para seguir escribiendo en este diario. En todas las páginas he desahogado mi corazón y la ridícula ilusión de volver a ver a mi hijo que, si es que sigue vivo, es ahora un hombre. Después de tantos años he aprendido que la vida es un cóctel de humor negro e ironía. He comprendido que hay que nacer riéndose de ella si no quieres sucumbir ante la realidad>>.


Febrero de 1957


Amalia se dispuso a guardar su diario cuando unos golpes atronadores y una vocecilla rota insistían en que abriera la puerta.

- ¡Hombre Román! ¿Qué ocurre?- le dijo a uno de los huésped de Las Palomas.
- ¡Es Isabelita, Amalia! ¡La han matado! Al parecer las deudas de su marido no están suplidas. Una mafia de traficantes en las que su difunto esposo se hallaba involucrado se ha hecho con el negocio. Uno de ellos es el hijo de un civil que se dice quiere vengar lo que le corresponde a su padre, fíjese usted qué locura. Están desalojando a todos los vecinos y van armados. Tenga usted cuidado, por dios.

Tras unos minutos presa de conmoción observó como el viejecito se alejaba con pasos lentos y temblones. Luego, echó a correr hacia donde estaba el cuerpo interfecto de Isabelita. Cuando llegó, aquellos desalmados estaban haciendo salvajadas con el cuerpo de su amiga. Quiso defenderla, pero todos ellos estaban portados de cuchillos y pistolas, así que echó a correr de nuevo para encerrarse en su habitación y ponerse a salvo de esos cretinos.
Uno de ellos la persiguió con una pistola entre sus manos. Todos los vecinos trataban de huir despavoridos.

Amalia cerró con pestillo, pero fue inútil. Aquel criminal derribó la puerta de dos empujones. En un ataque de nervios, Amalia agarró lo primero que pudo: una lamparita. La lanzó contra aquel hombre que le inspiraba terror, hiriéndole la cara con una lasca que saltó. Los ojos grises inyectados de rabia se posaron sobre los de ella. Entonces se dio cuenta de la sombra que tenía delante. Aquella sombra a la que había dado vida veinte años atrás. Sin más, aquella figura oscura apretó el gatillo.

Antes de irse contempló un diario con adornos dorados que había sobre la cama. Examinó su contenido y luego lo dejó donde estaba.

-         ¡Miguel! Vamos, coño. No tenemos todo el día para desalojar a toda esta panda de miserables- gritó uno de sus camaradas.
-         No te preocupes, ya he terminado con la última- dijo cerrando la puerta. Sin entender porqué cruzó la pensión con un vacío extraño. Volvió la mirada hacia la habitación, como si hubiese dejado allí parte de su alma.



Mª Carmen Valenzuela Marín

¡Pasen y lean!

...si deseáis mandar al carajo al mundo por unos instantes y naufragar en la imaginación que yo os ofreceré de la forma que mejor sé hacerlo: contando historias, cortando el fino hilo que os ata a la realidad y, así, curar las alas de esos pies que pasan demasiado tiempo enquistados en la malsana tierra.



Fuente de la imagen: http://www.taringa.net/posts/arte/15980844/Que-nos-dicen-las-paredes-Parte-2.html [Consulta: 24 de octubre de 2014].


Mª Carmen Valenzuela Marín