Ella.
Siempre ella. Tan hermosa, tan lejana, tan etérea. ¿Quién será? ¿De dónde
vendrá? Todas las noches, bajo el inerte escudriñamiento de la luz mortecina de
las farolas, cuando la luna se engalana de llena para mí y la soledad me
salpica las entrañas entro en el portal 8, cierro y saludo al vacío que
enteramente encala la casa. Impaciente, espero su llegada. Ella: tan fatal, tan
pecaminosa, tan luciferina, cargándome con su mirada mordaz. Ahí está. Ahí
viene. Se acerca como el inmaculado destello en el sendero de un moribundo,
acompañada de pasos marcados y felinos.
—Ya
estás dormido- me confiesa mientras me acaricia el cabello- Aquí estoy otra
vez. Y sonríe.
Y
así, todas las noches, ella irrumpe en mis madrugadas. Me anuncia que estoy
dormido, yo le digo que no quiero creerla, y la beso, y la siento. Y comprendo
lo crueles que son los sueños, y lo narcótico de las quimeras.
—¿Por
qué no te quedas a mi lado? ¿Por qué desapareces cuando el sol me dispara en
las mañanas?- le pregunto.
Ella:
tan niña, tan maliciosa, tan espectral, me cuenta entre susurros que los
amaneceres sepultan soñadores, que del fulgor de las estrellas nace la
imaginación y se fragua lo imposible.
Ella,
tan volátil, se desnuda. Camina por la habitación para encontrarse sola, con su
cuerpo frente al espejo, palpando el cristal que secuestra su imagen. Se
observa, me observa y baja la mirada, lastimera. Se refugia herida, con su
prisa, bajo mis sábanas, donde hacemos el amor: ella, con su sombra; yo, con la
esperanza. Ella: tan libre, que no porta ni nombre; tan remota, que habita en
la melancolía; tan fugaz, que no entiende de tiempo ni retrata en mis recuerdos
sus despedidas.
Y
así, fugitivos del alba, nos acurrucamos en el calor que desprenden nuestros
cuerpos, temerosos de la aurora. Así, apoyo la mano en su pecho, y me engaño
pensando que está viva, y que nos encontraremos al despuntar del día. La
contemplo entre mis brazos y nos aferramos a la ficción, a lo imposible. Y
entonces, una noche, durante el transcurso del ensueño, decidí llamarla Niebla…
M. ª Carmen Valenzuela Marín