Es inútil, confieso,
que el fantasma de su boca
con el capricho del viento
trepe por el olvido a la indolora fosa.
Es inútil, bien sé y bien sabía,
que cuando su mirada,
inocente, se enrede en la mía,
no avivare en mí la llama huracanada.
Es inútil, sospecho,
cuando su piel despeine mi pasión,
y su niñez me arda en el pecho,
evitar robarle un beso.
M. ª Carmen Valenzuela Marín