Que de cuajo me arranquen los pulmones,
que de un plumazo mueran las constelaciones,
que de un tropiezo se suicide el alba por los balcones,
pero que no me falte tu aliento.
Que de amarte se arrastre mi alma de retortijones,
que la noche acicale mi corazón de negros crespones,
que la muerte me agasaje con un vals por los callejones,
pero que no se apague la luz de tu mirada.
Que de un portazo cierre el sol mis ilusiones,
que nuestro jergón arda de oscuras traiciones,
que de pena se desangren las canciones,
pero que tu risa sea el Atlas que soporta el mundo.
Que de injurias se desprenda el Cielo a jirones,
que los sainetes expiren en un ritual de alicaídos
colofones,
que mi esquela aguarde risueña en los vacíos cajones,
pero que, jamás, mi vida, dejes de ser el motor de mi
existencia.
M. ª Carmen Valenzuela Marín