Sin rumbo va tu barca, con pies de peregrino,
la cara tan blanca, los párpados ambarinos,
con tu mantilla de ilusiones verde aceituna.
¿Quién se asoma, niño, al alfeizar de tu ventana?
De noche mata tu sueño, de día atrapa tu alma,
te arrancas el corazón, lo aguantas en tus palmas,
para dárselo a esa niña de gracia gitana.
Y estando los dos, a escasos metros siquiera,
cuando con la vida en las manos se quiere,
que difícil y larga resulta la espera.
Pero el tiempo, maldito enemigo que hiere;
el mundo, impío canalla que desespera,
no hacen sucumbir a los que de veras se quieren.
M. ª Carmen Valenzuela Marín
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