Juguetones los azares del destino,
adornaban las calles del sur,
dos luceros de alegría al son de un sol vespertino;
ataviados lucían de un cristalino tul.
Y en el camino algo más que una estrella descubrí,
no era ni oro, ni plata, ni menos brillante que el trigo,
más bien parecido al rubí:
un gran hombre, un genio; me dije, tal vez un amigo.
Persiguiendo voy las huellas que a su paso dibujan sus alas,
portando va por los sinfines su alma de golondrina,
y la brisa de su aleteo en los corazones cala,
brindando el recuerdo de sus ojos color agua marina.
M.ª Carmen Valenzuela Marín
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