viernes, 17 de abril de 2015

Tras las tapias y grilletes

Como subyugado por un obseso deja vu infinito, El Camel reemprendía su reclusión bajo el inerte escudriñamiento de latón que decía: <<Penitenciaría El canal>>. Una vez más, de cientos, regresaba a la pasarela de barrotes roñosos de una malsana injusticia, donde sus compañeros vitoreaban una apuesta que tildaba en la expiración de su libertad.

El pasillo rezumaba un eco sofocante de resignación, y al frente, un túnel negro le aguardaba, como un moribundo a punto de rozar con sus pies desnudos el umbral del infierno. La cancela de la número 13 emitió un quejido de bienvenida, a la cual accedió sin resistencia.

-Los picoletos no se andan con chiquitas, ¿verdad, amigo? – espetó el de la celda 11- Esos hijos de puta… no todos tenemos un uniforme con el que mantener a la familia.

El Camel, en respuesta, emitió un sonido que se vio frustrado ante el ensordecedor timbre que anunciaba la hora de ocio. Los reclusos desocupaban apáticos sus cubículos pestilentes de una rutina mecanizada, casi inconsciente. El Poker, un ludópata empedernido en los juegos de cartas, organizaba su cuadrilla, conformada a su antojo por imbéciles, de modo que la estratagema le permitiera ganar la mayoría de las veces.

En el patio, El Boxeador asestaba golpes criminales contra un saco destrozado, que, al igual que él, exhibía una piel magullada que encerraba un interior remendado con heridas y harapos del ayer.

-No te cansas, ¿eh? –soltó El Duca.
-Bueno… Es la manera que tengo de devolverle a la vida todos los puñetazos que me ha  propinado, pero sin sangre- respondió con media sonrisa perfilada en unos labios cincelados por toda suerte de cicatrices.- Y tú, ¿no escribes?

El Duca se encogió de hombros, desvió la mirada y  resopló:

-No, hoy no. Para escribir es necesario levantar la vista del papel, aunque sea de vez en cuando, y observar lo que hay alrededor. Hace tiempo que no lo hago, y ya va siendo hora- volvió a desviar la mirada, esta vez para contemplar al Camel. El Boxeador suspendió las trompadas y siguió la trayectoria que los ojos de su camarada le indicaban.

-Joder, tío… Míralo, le han vuelto a coger. Seguramente un chivatazo, un cambio de turno, o vete tú a saber- comentó El Duca.- El mundo está hecho mierda, y ni siquiera nos conceden el derecho de sobrevivir.
- Y de ti, ¿es cierto eso que dicen?- inquirió El Boxeador, mientras El Duca le arrojó una mirada escéptica.
-Qué cojones… Pues claro que es verdad. Esa cabrona intentó apuñalarme, pero claro, uno no puede defenderse de “una enferma mental”. Si lo intentas, esto es lo que pasa: o el trullo, o la caja.

De repente, se armó un corro de lo más estruendoso en torno a la mesa donde jugaban a las cartas. El Duca, El Boxeador y El Camel, que reposaba en una escalera, ausente, sin más compañía que un cigarrillo, acudieron de inmediato para ver qué ocurría. El Duca, el más delgado de todos, pero más alto que nadie, fue el primero en atisbar lo sucedido: El Poker descansaba degollado sobre lo que antes era una mesa, y ahora un precipicio por el que se despeñaban en forma de cascada borbotones de sangre. Los de seguridad irrumpieron a empujones en aquel círculo de estupefacción. Al parecer, uno de los imbéciles se había rebelado porque no soportaba más tomaduras de pelo.

El mismo imbécil que acaba de asesinar al diestro en naipes, se subió de un salto a la mesa ensangrentada, derribando de una patada al cadáver, tendido ahora en las lozas encharcadas. Dos policías trataron de agarrarlo, pero fracasaron debido a que aquel imbécil aún conservaba el puñal en sus manos, y lo blandía sin el más mínimo reparo a quien osara aproximarse.

-¿Por qué no hacéis lo mismo, mariconas?- gritó encolerizado.
-¡Gilipollas, a este paso vas a pudrirte en chirona!- manifestó otro de los imbéciles que se encontraba jugando hasta la tragedia.

Nadie comprendía las palabras de aquel lunático, excepto Camel, quien dilucidaba nítidamente a qué se refería aquel imbécil. Sin más preámbulos, se montó junto a él y más enfurecido aún que el anterior vociferó:

-¿¡Pero es que nadie se da cuenta?! Muchos de nosotros estamos aquí padeciendo una pena que no nos corresponde. ¡Tú, Duca! Si esa mujer, escudada detrás de un papel, trató de matarte, nadie tiene el derecho de cohibir tu integridad. ¡Boxeador! Tú no violaste a ninguna chica, si estás aquí es porque pagaron una gran suma de dinero para cercenar tu libertad. ¡Yo! Traficante de tabaco para sostener a mi familia porque no puedo inventarme un trabajo, como lo haría El Duca en sus novelas. ¡El Poker! Agh… ¡Maldito cabrón! Se aprovechaba de todos vosotros… ¿No lo veis? Si estamos aquí encerrados es a causa de escorias como él. ¿A qué viene tanto conformismo en esas caras? ¿Acaso pensáis dejar escapar lo que os quede de vida entre estos muros? ¿Es qué nadie va a poner alto al miedo?

Se hizo el silencio, mientras los presos recorrían mudos las miradas de unos y otros. Ni una palabra, ni un respiro. Simultáneamente, todos, incluso los policías, posaron la vista en el ocaso, más intenso que nunca. Camel se apeó de la mesa, se acercó a la cancela exterior del patio, señaló el candado y declaró:

-Entre la libertad y la esclavitud –dijo tanteando la cerradura- solo existe una pieza de metal maquillada de intereses.

El imbécil se colocó a su lado, y más tarde El Duca y El Boxeador, quienes continuaron con la mirada suspendida en el ocaso; mientras los demás estancaron la suya en el muro de ladrillos que los cercaba.

M. ª Carmen Valenzuela Marín



No hay comentarios:

Publicar un comentario