Como subyugado por un obseso deja vu infinito, El Camel reemprendía
su reclusión bajo el inerte escudriñamiento de latón que decía: <<Penitenciaría
El canal>>. Una vez más, de cientos, regresaba a la pasarela de barrotes roñosos
de una malsana injusticia, donde sus compañeros vitoreaban una apuesta que tildaba
en la expiración de su libertad.
El pasillo rezumaba un eco
sofocante de resignación, y al frente, un túnel negro le aguardaba, como un moribundo
a punto de rozar con sus pies desnudos el umbral del infierno. La cancela de la
número 13 emitió un quejido de bienvenida, a la cual accedió sin resistencia.
-Los picoletos no se andan con
chiquitas, ¿verdad, amigo? – espetó el de la celda 11- Esos hijos de puta… no
todos tenemos un uniforme con el que mantener a la familia.
El Camel, en respuesta, emitió un
sonido que se vio frustrado ante el ensordecedor timbre que anunciaba la hora
de ocio. Los reclusos desocupaban apáticos sus cubículos pestilentes de una rutina
mecanizada, casi inconsciente. El Poker, un ludópata empedernido en los juegos
de cartas, organizaba su cuadrilla, conformada a su antojo por imbéciles, de
modo que la estratagema le permitiera ganar la mayoría de las veces.
En el patio, El Boxeador asestaba
golpes criminales contra un saco destrozado, que, al igual que él, exhibía una
piel magullada que encerraba un interior remendado con heridas y harapos del
ayer.
-No te cansas, ¿eh? –soltó El
Duca.
-Bueno… Es la manera que tengo de
devolverle a la vida todos los puñetazos que me ha propinado, pero sin sangre- respondió con
media sonrisa perfilada en unos labios cincelados por toda suerte de
cicatrices.- Y tú, ¿no escribes?
El Duca se encogió de hombros,
desvió la mirada y resopló:
-No, hoy no. Para escribir es
necesario levantar la vista del papel, aunque sea de vez en cuando, y observar
lo que hay alrededor. Hace tiempo que no lo hago, y ya va siendo hora- volvió a
desviar la mirada, esta vez para contemplar al Camel. El Boxeador suspendió las
trompadas y siguió la trayectoria que los ojos de su camarada le indicaban.
-Joder, tío… Míralo, le han
vuelto a coger. Seguramente un chivatazo, un cambio de turno, o vete tú a
saber- comentó El Duca.- El mundo está hecho mierda, y ni siquiera nos conceden
el derecho de sobrevivir.
- Y de ti, ¿es cierto eso que
dicen?- inquirió El Boxeador, mientras El Duca le arrojó una mirada escéptica.
-Qué cojones… Pues claro que es
verdad. Esa cabrona intentó apuñalarme, pero claro, uno no puede defenderse de
“una enferma mental”. Si lo intentas, esto es lo que pasa: o el trullo, o la
caja.
De repente, se armó un corro de
lo más estruendoso en torno a la mesa donde jugaban a las cartas. El Duca, El
Boxeador y El Camel, que reposaba en una escalera, ausente, sin más compañía
que un cigarrillo, acudieron de inmediato para ver qué ocurría. El Duca, el más
delgado de todos, pero más alto que nadie, fue el primero en atisbar lo
sucedido: El Poker descansaba degollado sobre lo que antes era una mesa, y
ahora un precipicio por el que se despeñaban en forma de cascada borbotones de
sangre. Los de seguridad irrumpieron a empujones en aquel círculo de
estupefacción. Al parecer, uno de los imbéciles se había rebelado porque no
soportaba más tomaduras de pelo.
El mismo imbécil que acaba de
asesinar al diestro en naipes, se subió de un salto a la mesa ensangrentada,
derribando de una patada al cadáver, tendido ahora en las lozas encharcadas.
Dos policías trataron de agarrarlo, pero fracasaron debido a que aquel imbécil
aún conservaba el puñal en sus manos, y lo blandía sin el más mínimo reparo a
quien osara aproximarse.
-¿Por qué no hacéis lo mismo,
mariconas?- gritó encolerizado.
-¡Gilipollas, a este paso vas a
pudrirte en chirona!- manifestó otro de los imbéciles que se encontraba jugando
hasta la tragedia.
Nadie comprendía las palabras de
aquel lunático, excepto Camel, quien dilucidaba nítidamente a qué se refería
aquel imbécil. Sin más preámbulos, se montó junto a él y más enfurecido aún que
el anterior vociferó:
-¿¡Pero es que nadie se da
cuenta?! Muchos de nosotros estamos aquí padeciendo una pena que no nos
corresponde. ¡Tú, Duca! Si esa mujer, escudada detrás de un papel, trató de
matarte, nadie tiene el derecho de cohibir tu integridad. ¡Boxeador! Tú no
violaste a ninguna chica, si estás aquí es porque pagaron una gran suma de
dinero para cercenar tu libertad. ¡Yo! Traficante de tabaco para sostener a mi
familia porque no puedo inventarme un trabajo, como lo haría El Duca en sus
novelas. ¡El Poker! Agh… ¡Maldito cabrón! Se aprovechaba de todos vosotros… ¿No
lo veis? Si estamos aquí encerrados es a causa de escorias como él. ¿A qué
viene tanto conformismo en esas caras? ¿Acaso pensáis dejar escapar lo que os
quede de vida entre estos muros? ¿Es qué nadie va a poner alto al miedo?
Se hizo el silencio, mientras los
presos recorrían mudos las miradas de unos y otros. Ni una palabra, ni un
respiro. Simultáneamente, todos, incluso los policías, posaron la vista en el
ocaso, más intenso que nunca. Camel se apeó de la mesa, se acercó a la cancela
exterior del patio, señaló el candado y declaró:
-Entre la libertad y la
esclavitud –dijo tanteando la cerradura- solo existe una pieza de metal
maquillada de intereses.
El imbécil se colocó a su lado, y
más tarde El Duca y El Boxeador, quienes continuaron con la mirada suspendida
en el ocaso; mientras los demás estancaron la suya en el muro de ladrillos que
los cercaba.
M. ª Carmen Valenzuela Marín
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