Ella que sí. Él que no. Ella con
sus idas y venidas. Él con las ideas claras –o eso intenta hacerle creer-. Ella
que adora beberse las madrugadas en los tejados. Él que no entiende de noches
más allá de su colchón. A ella la desviste el viento. A él no se le ocurre
desojar en falso ni un botón. Ella se desvive entre besos y camas. A él se le
enredan los pies en la tierra. Ella que le reza a la locura. Él que se ancla en
mundanas obligaciones. Ella que quiere soñar. Él que quiere dormir. Ella el
mar, el cielo, las estrellas, la hierba, los cigarrillos, el sexo, la poesía,
la música, el deseo, y vuelta a soñar. Él los estudios, el trabajo, la familia,
el ocio, la casa, y vuelta a dormir. Ella que se pierde. Él que se encuentra.
Ella que goza en su caos, en su anarquía, en su vorágine. Él que se muere en su
orden, en su disciplina, en su equilibrio.
—
¿Qué sentido tiene vivir así? –pregunta curiosa ella.
Él la contempla, escéptico.
—
En este mundo las cosas funcionan así –le espeta él.
—
¿Y eres feliz? –le interroga ella.
Él no responde. Ella, que lee
almas, escucha su silencio. Entonces comprende.
Ambos se miran, se besan, se
abrazan y hacen el amor. Ella con su desatino. Él con su sensatez.
M. ª Carmen Valenzuela Marín
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