¿Qué ves ahí arriba?, le
pregunto.
—Estrellas y punto.
Pero nada me habla de
suspiros,
que volando se enredaron
en el cielo,
nada de los guiños
cautivos
cuyas almas habitan en
luceros.
¿Qué ves en el mar?, le
pregunto.
—Agua y punto.
Pero nada me habla de la
danza de sus olas,
de su embrujo perfumado
de sal,
nada de la melancolía de
las farolas
que vierten en la noche
su luz de cristal.
¿Qué me ves en la mirada?,
con temor, le pregunto.
—Ojos y punto.
Pero nada me habla de la
desmedida pasión
que tatúa su yerma piel
de madrugada,
nada de mis errantes
pasos por sus lunares,
ni de las descoloridas sábanas
de mis mañanas.
M. ª Carmen Valenzuela Marín
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