de aparcar en la duda
un silencio atronador,
asómate a mis ojos
y verás un campo de canas
sembrado en mi corazón.
Nunca hubo rosas
que perfumaran el dolor...
En cada espina
figura un nombre,
nombres de vinagre y hiel
que devastaron todo un jardín,
marchitando a golpes todo color.
Ahora es una pradera,
de cuchillas entera plantada
que con el despertar de la luna
a veces sonríe
un destello de frío metal.
Espero y espero...
en el alfeizar sentada
de los sueños quebrados,
a que el sol
se digne a aparecer
por el umbral de tus pupilas.
M. ª Carmen Valenzuela Marín
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