agarró su mochila y un par de rencores,
en el bolsillo, directa a inventarse un camino.
Desahució a los demonios
que habitaban en su espalda,
descalzando sus pies de hilos
por el valle de suspiros.
Y así se emborrachó,
con los granos de arena
que a su prisa regaba el olvido.
Y así se enamoró,
de las hojas caídas del amor,
de las causas carentes de sentido.
Y así jamás volvió,
del cuento que imaginó,
donde en su infierno encarnaba lo prohibido
y el cielo no la pudiera regresar
de sus ruinas trazadas en los suburbios de lo perdido.
M. ª Carmen Valenzuela Marín
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