martes, 7 de julio de 2015

Niebla

Ella. Siempre ella. Tan hermosa, tan lejana, tan etérea. ¿Quién será? ¿De dónde vendrá? Todas las noches, bajo el inerte escudriñamiento de la luz mortecina de las farolas, cuando la luna se engalana de llena para mí y la soledad me salpica las entrañas entro en el portal 8, cierro y saludo al vacío que enteramente encala la casa. Impaciente, espero su llegada. Ella: tan fatal, tan pecaminosa, tan luciferina, cargándome con su mirada mordaz. Ahí está. Ahí viene. Se acerca como el inmaculado destello en el sendero de un moribundo, acompañada de pasos marcados y felinos.

—Ya estás dormido- me confiesa mientras me acaricia el cabello- Aquí estoy otra vez. Y sonríe.

Y así, todas las noches, ella irrumpe en mis madrugadas. Me anuncia que estoy dormido, yo le digo que no quiero creerla, y la beso, y la siento. Y comprendo lo crueles que son los sueños, y lo narcótico de las quimeras.

—¿Por qué no te quedas a mi lado? ¿Por qué desapareces cuando el sol me dispara en las mañanas?- le pregunto.

Ella: tan niña, tan maliciosa, tan espectral, me cuenta entre susurros que los amaneceres sepultan soñadores, que del fulgor de las estrellas nace la imaginación y se fragua lo imposible.

Ella, tan volátil, se desnuda. Camina por la habitación para encontrarse sola, con su cuerpo frente al espejo, palpando el cristal que secuestra su imagen. Se observa, me observa y baja la mirada, lastimera. Se refugia herida, con su prisa, bajo mis sábanas, donde hacemos el amor: ella, con su sombra; yo, con la esperanza. Ella: tan libre, que no porta ni nombre; tan remota, que habita en la melancolía; tan fugaz, que no entiende de tiempo ni retrata en mis recuerdos sus despedidas.

Y así, fugitivos del alba, nos acurrucamos en el calor que desprenden nuestros cuerpos, temerosos de la aurora. Así, apoyo la mano en su pecho, y me engaño pensando que está viva, y que nos encontraremos al despuntar del día. La contemplo entre mis brazos y nos aferramos a la ficción, a lo imposible. Y entonces, una noche, durante el transcurso del ensueño, decidí llamarla Niebla…

M. ª Carmen Valenzuela Marín


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